domingo, 18 de noviembre de 2018

Semana #2 Once semanas con un pulpo: "Oculto en la cajuela"

Semana número dos.
De la antología "Once semanas con un pulpo"

Título: "Oculto en la cajuela"

El número ocho aparecía en la pantalla con luz intermitente, acomodé mis lentes para ver el papel que tenía en mano como si esa acción fuera a cambiar algo; no, sigue siendo cuarenta y siete, me levanté y lo arrojé al suelo al salir de la oficina.

Había escogido el día más caliente del año junto a un aire acondicionado descompuesto y adolescentes hormonales esperando obtener su licencia de conducir. Corrí hacía el auto culpándome por dejarlo en la cajuela; recordé que por ese motivo nunca lo hago en verano. Un empleado de seguridad se acercó a mí en el estacionamiento.

- ¿Tiene mucha prisa, joven?
- Tengo que darle de comer a mi gato, si no lo hago a la una en punto sale por la ventana y no vuelve en tres días.
- Creo que debería llevar su carro a que le den una chequeada.
- ¿Qué? – contesté pasmado y discretamente busqué el cuchillo de caza que guardaba en el pantalón –
- Bueno a que lo revisen, tal vez necesita un cambio de aceite porque noté un olor raro como a llanta quemada. – respondió preocupado y dejé el cuchillo en su lugar –
- Gracias, en todo caso revisaré las llantas, el aceite no tiene nada que ver.

Entré al auto y manejé apresurado; mis manos estaban temblando al sostener el volante, el pie que apretaba el acelerador comenzó a perder fuerza, repetí las palabras de mi abuelo que siempre me daban calma “il paradiso è dentro… il paradiso è dentro… il paradiso è dentro…”

Logré serenarme después de unos segundos hasta que una patrulla se acercó; encendió la torreta y la sirena, lo dudé un instante pero de cualquier forma me estacioné; el policía se aproximó.

- ¿Sabes por qué te paré? – dijo serio –
- ¿Qué, no? – respondí perturbado y desafiante –
- ¿Quiero saber cuánto cuesta uno de estos carros? – preguntó ahora con un gesto amistoso –
- No sé, era de mi abuelo – respondí nervioso pero discreto –
- ¿No andas buscando comprador?
- No, no por el momento.
- Toma, te daré mi teléfono por si cambias de opinión. – dijo al escribir en un papel: “Agente Sánchez” y su número particular – Cuando yo era niño mi papá manejaba uno parecido, sólo que era verde y no tenía este olor raro como a animal muerto, será que en ese entonces el carro de mi padre era nuevo. – mencionó mientras reía –.

Sin decir más regresó a la patrulla y se fue, permanecí estacionado un par de minutos, temblando; sudando… ya no por calor, por frío, o pánico.

Retomé el camino, llegué a casa; me recibió como siempre, con tibios besos, mi perro Toro. Entré a la cocina, descubrí al gato, que un par de semanas atrás había adoptado, gimiendo y convulsionándose; con espuma saliendo de su hocico.

- ¡Puta madre, fue el pinche vecino loco! – grité – Ese maldito alcohólico siempre ha odiado a los animales.

Tomé al gato, luchando a modo de arañazos y espasmos logré subirlo al carro, lo llevé al veterinario que estaba a un par de cuadras. Eran las 16:52 cuando mi gato, todavía sin nombre, había muerto.

Regresé a casa, me recosté en el sillón favorito de Toro a tomar café y ver una serie de suspenso de la televisión británica. Más tarde fui al área del jardín que colindaba con el patio del vecino, vacié el contenido de la cajuela del auto en su bote de basura; ese viejo borracho probablemente estaba dormido encima de su propio vómito.

Entré, tomé el número del Agente Sánchez y lo llamé alegando ruidos extraños como gritos y peleas durante varios días en el domicilio de al lado; unos cuantos minutos después llegaron varios policías, revisaron a conciencia toda la vivienda; al descubrir el contenido en el bote de basura lo arrestaron.

Creo que la muerte del gato fue un golpe de suerte, que me llevó a encontrar la manera perfecta, de deshacerme del cuerpo que había estado escondiendo por días, y que ya empezaba a apestar.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Semana #1 Once semanas con un pulpo: "El último trago que no debí beber"

Semana número uno.
De la antología "Once semanas con un pulpo"

Título: "El último trago que no debí beber"

En la esquina del bar, limpiando una mesa con sobras de botanas y botellas vacías, estaba Anna, a ratos, con gesto de desagrado trataba de quitar con sus brazos el cabello que le estorbaba en la cara. Ya me habían contado de su personalidad solitaria, pero el movimiento de sus manos me hacía pensar en el ir y venir del agua salada.

- Otra vez con Anna. ¿Cuántas veces van que la invitas a salir y te dice que no? – preguntó Juan, mi amigo, dueño del bar –
- Algún día dirá que sí; cada noche cuando termina el turno se va con un hombre diferente, sólo es cuestión de tiempo.
- No sé. ¿Has notado que todos esos hombres nunca vuelven? Es una chica rara, no te dije pero una noche al cerrar me ofrecí a llevarla y me pareció extraño que viviera en esa gran mansión; con una casa así para qué quiere trabajar.
- ¿Cuál mansión?
- La que nos daba miedo cuando éramos niños, de la calle ochenta y siete; claro, ahora está horrible y descuidada, podría jurar que está abandonada, aunque me dijo que vive con su abuela; no sé, sólo digo que te alejes, hay algo muy raro con ella.

Después de muchos tragos de whisky, casi al cierre, le pregunté a Anna si quería salir conmigo al día siguiente, ella se acercó, sin respuesta; me sirvió en un vaso azulado una bebida rara que olía a frutas y almendras, al verterla esta despidió humo púrpura; aunque estaba consciente de que ya había bebido demasiado y que no debía tomar ese último trago lo hice; Anna dijo:

- No te preocupes Tony, corre por mi cuenta.

Después de beber el brebaje enigmático, decidí ir a dormir. Estaba tan ebrio que tuve que caminar al departamento, durante el trayecto pensé en Anna con sus dobles señales. Cuando pasé por la calle ochenta y siete sentí curiosidad; molesto y demás, decidí ir a ver su casa, al acercarme unos pasos escuché el llanto de una mujer, no era alarmante sino doloroso; me aproximé para encontrarme con Anna tendida en la puerta de entrada; traté de reconfortarla, le pregunté mil veces qué ocurría, pero ella seguía llorando; cuando le tomé la mano la noté fría así que le puse mi saco en la espalda; luego acaricié su cabeza para tratar de consolarla; al pasar mi mano se vino con ella cabello y pedazos de piel, me levanté asustado, no pude moverme más; su llanto se tornó risa, una larga y macabra risa; desesperado le pregunté qué pasaba; comenzó a desvestirse, yo me quedé estaqueado al suelo; mientras seguía riendo jaló su cabello hasta arrancarlo por completo, con sus dedos que ahora parecían garras extirpó la piel de su cuerpo y cara; su verdadera piel, la de abajo, era verde escamosa, con un brillo peculiar que parecía baba; su boca era grande, con dos colmillos enormes, de la que salía una lengua larga como de se serpiente.

Se acercó a mí, me tomó de la mano, luego pasó su lengua por mi cara; su saliva quemó tanto mi piel que se desprendió a pedazos, el dolor era insoportable; quise gritar pero con sus garras apretó mi cuello hasta tirarme al suelo; abrió la puerta y me arrastró con ella al interior de la casa. No se volvió a saber de mí.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Once semanas con un pulpo

Los invito a que durante once semanas me acompañen, a manera de serie, leyendo los relatos de misterio, ciencia ficción o terror, que publicaré en este blog. Estarán basados en la canción “Like a friend” de Pulp. Aquí les dejo los once temas: