viernes, 18 de enero de 2019

Reseña de “El libro de la enfermedad” del Poeta Daniel Miranda Terrés

Es del conocimiento universal que el mejor tema para explotar como autor es del que se tiene mayor conocimiento, en el caso de la Poesía también es cierto, pero además es importante que el conocimiento y la sinceridad en los sentimientos vayan de la mano; y precisamente es lo que encontré en “El libro de la enfermedad” de Daniel Miranda Terrés.

Ganador del Premio Internacional de Poesía Ramón Iván Suárez Caamal 2016; pareciera innecesario decir más al respecto pero, me parece importante resaltar que esta obra tiene un valor estilístico y emocional que todo poeta aspira conseguir a lo largo de su vida. Cuenta con una forma y musicalidad exquisitas que se notan en cada verso; también un fondo sincero y tremendo que toca cada fibra del lector.

¿Por qué debemos leer este libro? Porque es un espejo. Todos tenemos familia; estamos ligados a historias trágicas de amor, ya sea de parientes cercanos o lejanos; también para comprender la herencia que nos ha dejado ese hilo de sangre; como individuos que están conectados por medio de la enfermedad. Me parece una interesante exploración sobre el tema de la unión familiar, el pasado y el manejo de las ausencias, borrando de los recuerdos a manera de asesinato, a los que se han ido por su propia cuenta dejando atrás heridas de muerte.

Daniel abre completamente las puertas de su casa y nos invita a ver dentro de sus recuerdos y observar a través de sus ojos un mundo que le enseñó a ser fuerte y hábil desde muy temprana edad.

Me quedo con la frase de Daniel Miranda Terrés:

“Después de todo las palabras también son piedras y se hunden.
Sólo los muertos flotan.”

lunes, 17 de diciembre de 2018

Semana #3 Once semanas con un pulpo: "El vicio que no puedo dejar"

Semana número tres.
De la antología "Once semanas con un pulpo"

Título: "El vicio que no puedo dejar"

24 abr. 18:39
Ayer recibí tu carta; no sé con exactitud cuándo la escribiste porque no tenía fecha, pero espero, aunque los torbellinos de la ciudad te adormezcan, sigas pensando en mí. El médico me recetó nueva medicina, algo llamado Paroxetina, me explicó para qué sirve pero no logré poner atención, podía ver por la ventana de su consultorio y me distraje; te prometo que estoy bien, ya no ha seguido mi problema con esa cuestión; no sé si te dice algo mi familia pero quiero que entiendas que estoy aquí para recuperarme. Sería bueno que intentaras responder por aquí porque las cartas tardan mucho en llegar y prefiero el medio electrónico aunque sé que no es lo tuyo.

14 jun. 18:43
Perdón por no escribir antes, hoy leí tus cartas viejas, estoy bien, sólo que no me ha ido de maravilla con la nueva medicina; una noche traté de ir a por agua y no pude caminar por los mareos, intenté sostenerme con la pared pero me caí así que tuve que arrastrarme de vuelta al cuarto y dormir en el piso. Pero en general todo ha ido mejorando, el Doctor dice que tal vez pronto me den de alta. En dos semanas cumplo 1095 días con el tratamiento y sin recaer; te prometo que cuando salga las cosas van a cambiar.

29 jun. 18:41
Ayer cumplí los 1095 días; no pude escribirte porque aquí hicieron un gran festejo, comí pastel de frutillas, las enfermeras lo trajeron porque saben que es mi favorito; también recibí un par de cigarros de unos compañeros; yo sé que odias que fume pero a veces eso me ayuda; aunque espero no le cuentes al médico. También ayer, me dejaron salir por primera vez en mucho tiempo, fui a caminar al parque y aunque sí encontré todo lo que me lleva a recaer, fui más fuerte y no lo hice. El doctor dice que estoy mejorando desde que tengo permiso para comunicarme contigo y por eso decidió dejarme salir de vez en cuando. Yo sé que a ti no te gusta esto de la tecnología y quiero que sepas que estoy bien con recibir tus cartas; yo seguiré escribiéndote por aquí. El médico también dijo que ha notado mucha diferencia del año pasado por el problema con los muros. ¿Recuerdas lo que te dijo de las paredes, que las rayaba con pasajes de esas historias? También me han prohibido leer el periódico, pero de vez en cuando tengo eso que no me enorgullece en la cabeza y de inmediato transformo mi pensamiento en otra cosa; es difícil pero me ha servido.

17 jul. 18:47
Hoy salí y creo que no volverá a pasar; dejé de tomar la medicina el 30 de junio; tenía la seguridad de que esta vez sería distinto pero ayer escuché decir al doctor que yo nunca saldría de aquí, que me mienten para que no trate de escapar y que tú tienes una orden de restricción en mi contra, yo sé que miente, yo sé que sí. No, no ,no; el médico no sabe; tampoco me dio permiso de salir hoy a esa hora en la que ellas van al parque y se aparecen como ángeles llamando a mis toscas manos; conté los pasos, uno, dos tres; no, no, no; no pisé las líneas. ¿Lo notaste? Fueron cuatro, no tres. Estoy saliendo de mi rutina. Ayer tuve un sueño en el que un animal grande, desconocido, se comía mi cabeza y pude sentir cada mordisco. Te juro que yo no quería hacerlo pero no pude, su cabello se movía con el viento y llegaba hasta mí un perfume a lirios y tabaco rancio, no pude contenerme, la tomé con mis manos, ella gritó, lo hacía con rabia, tuve que callar su chillido con un puñetazo, comenzó a sangrar y me molesté mucho porque ya no permanecería inmaculada para mí, quería que todo terminara pronto, pero así, con toda esa sangre no pude ni pensar en subir su falda; no pude, no lo logré. Siguió llorando, con la boca hecha pedazos; entonces la tomé del cuello y con mucha fuerza presioné hasta que se calló por completo, dejó de rasguñar mi ropa y sus ojos se quedaron abiertos y apagados. Estuve luchando con ella por un poco más de tres minutos; sí, de tres a cinco minutos es lo que tarda una persona en morir asfixiada. Te escribo esto porque sé que mañana todo cambiará; todavía no ha salido en las noticias pero cuando el doctor lo descubra sabrá que fui yo. No te preocupes, ya no estaré en el hospital para entonces. Voy en camino; tal vez cuando leas esto estaré llegando a tu casa.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Semana #2 Once semanas con un pulpo: "Oculto en la cajuela"

Semana número dos.
De la antología "Once semanas con un pulpo"

Título: "Oculto en la cajuela"

El número ocho aparecía en la pantalla con luz intermitente, acomodé mis lentes para ver el papel que tenía en mano como si esa acción fuera a cambiar algo; no, sigue siendo cuarenta y siete, me levanté y lo arrojé al suelo al salir de la oficina.

Había escogido el día más caliente del año junto a un aire acondicionado descompuesto y adolescentes hormonales esperando obtener su licencia de conducir. Corrí hacía el auto culpándome por dejarlo en la cajuela; recordé que por ese motivo nunca lo hago en verano. Un empleado de seguridad se acercó a mí en el estacionamiento.

- ¿Tiene mucha prisa, joven?
- Tengo que darle de comer a mi gato, si no lo hago a la una en punto sale por la ventana y no vuelve en tres días.
- Creo que debería llevar su carro a que le den una chequeada.
- ¿Qué? – contesté pasmado y discretamente busqué el cuchillo de caza que guardaba en el pantalón –
- Bueno a que lo revisen, tal vez necesita un cambio de aceite porque noté un olor raro como a llanta quemada. – respondió preocupado y dejé el cuchillo en su lugar –
- Gracias, en todo caso revisaré las llantas, el aceite no tiene nada que ver.

Entré al auto y manejé apresurado; mis manos estaban temblando al sostener el volante, el pie que apretaba el acelerador comenzó a perder fuerza, repetí las palabras de mi abuelo que siempre me daban calma “il paradiso è dentro… il paradiso è dentro… il paradiso è dentro…”

Logré serenarme después de unos segundos hasta que una patrulla se acercó; encendió la torreta y la sirena, lo dudé un instante pero de cualquier forma me estacioné; el policía se aproximó.

- ¿Sabes por qué te paré? – dijo serio –
- ¿Qué, no? – respondí perturbado y desafiante –
- ¿Quiero saber cuánto cuesta uno de estos carros? – preguntó ahora con un gesto amistoso –
- No sé, era de mi abuelo – respondí nervioso pero discreto –
- ¿No andas buscando comprador?
- No, no por el momento.
- Toma, te daré mi teléfono por si cambias de opinión. – dijo al escribir en un papel: “Agente Sánchez” y su número particular – Cuando yo era niño mi papá manejaba uno parecido, sólo que era verde y no tenía este olor raro como a animal muerto, será que en ese entonces el carro de mi padre era nuevo. – mencionó mientras reía –.

Sin decir más regresó a la patrulla y se fue, permanecí estacionado un par de minutos, temblando; sudando… ya no por calor, por frío, o pánico.

Retomé el camino, llegué a casa; me recibió como siempre, con tibios besos, mi perro Toro. Entré a la cocina, descubrí al gato, que un par de semanas atrás había adoptado, gimiendo y convulsionándose; con espuma saliendo de su hocico.

- ¡Puta madre, fue el pinche vecino loco! – grité – Ese maldito alcohólico siempre ha odiado a los animales.

Tomé al gato, luchando a modo de arañazos y espasmos logré subirlo al carro, lo llevé al veterinario que estaba a un par de cuadras. Eran las 16:52 cuando mi gato, todavía sin nombre, había muerto.

Regresé a casa, me recosté en el sillón favorito de Toro a tomar café y ver una serie de suspenso de la televisión británica. Más tarde fui al área del jardín que colindaba con el patio del vecino, vacié el contenido de la cajuela del auto en su bote de basura; ese viejo borracho probablemente estaba dormido encima de su propio vómito.

Entré, tomé el número del Agente Sánchez y lo llamé alegando ruidos extraños como gritos y peleas durante varios días en el domicilio de al lado; unos cuantos minutos después llegaron varios policías, revisaron a conciencia toda la vivienda; al descubrir el contenido en el bote de basura lo arrestaron.

Creo que la muerte del gato fue un golpe de suerte, que me llevó a encontrar la manera perfecta, de deshacerme del cuerpo que había estado escondiendo por días, y que ya empezaba a apestar.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Semana #1 Once semanas con un pulpo: "El último trago que no debí beber"

Semana número uno.
De la antología "Once semanas con un pulpo"

Título: "El último trago que no debí beber"

En la esquina del bar, limpiando una mesa con sobras de botanas y botellas vacías, estaba Anna, a ratos, con gesto de desagrado trataba de quitar con sus brazos el cabello que le estorbaba en la cara. Ya me habían contado de su personalidad solitaria, pero el movimiento de sus manos me hacía pensar en el ir y venir del agua salada.

- Otra vez con Anna. ¿Cuántas veces van que la invitas a salir y te dice que no? – preguntó Juan, mi amigo, dueño del bar –
- Algún día dirá que sí; cada noche cuando termina el turno se va con un hombre diferente, sólo es cuestión de tiempo.
- No sé. ¿Has notado que todos esos hombres nunca vuelven? Es una chica rara, no te dije pero una noche al cerrar me ofrecí a llevarla y me pareció extraño que viviera en esa gran mansión; con una casa así para qué quiere trabajar.
- ¿Cuál mansión?
- La que nos daba miedo cuando éramos niños, de la calle ochenta y siete; claro, ahora está horrible y descuidada, podría jurar que está abandonada, aunque me dijo que vive con su abuela; no sé, sólo digo que te alejes, hay algo muy raro con ella.

Después de muchos tragos de whisky, casi al cierre, le pregunté a Anna si quería salir conmigo al día siguiente, ella se acercó, sin respuesta; me sirvió en un vaso azulado una bebida rara que olía a frutas y almendras, al verterla esta despidió humo púrpura; aunque estaba consciente de que ya había bebido demasiado y que no debía tomar ese último trago lo hice; Anna dijo:

- No te preocupes Tony, corre por mi cuenta.

Después de beber el brebaje enigmático, decidí ir a dormir. Estaba tan ebrio que tuve que caminar al departamento, durante el trayecto pensé en Anna con sus dobles señales. Cuando pasé por la calle ochenta y siete sentí curiosidad; molesto y demás, decidí ir a ver su casa, al acercarme unos pasos escuché el llanto de una mujer, no era alarmante sino doloroso; me aproximé para encontrarme con Anna tendida en la puerta de entrada; traté de reconfortarla, le pregunté mil veces qué ocurría, pero ella seguía llorando; cuando le tomé la mano la noté fría así que le puse mi saco en la espalda; luego acaricié su cabeza para tratar de consolarla; al pasar mi mano se vino con ella cabello y pedazos de piel, me levanté asustado, no pude moverme más; su llanto se tornó risa, una larga y macabra risa; desesperado le pregunté qué pasaba; comenzó a desvestirse, yo me quedé estaqueado al suelo; mientras seguía riendo jaló su cabello hasta arrancarlo por completo, con sus dedos que ahora parecían garras extirpó la piel de su cuerpo y cara; su verdadera piel, la de abajo, era verde escamosa, con un brillo peculiar que parecía baba; su boca era grande, con dos colmillos enormes, de la que salía una lengua larga como de se serpiente.

Se acercó a mí, me tomó de la mano, luego pasó su lengua por mi cara; su saliva quemó tanto mi piel que se desprendió a pedazos, el dolor era insoportable; quise gritar pero con sus garras apretó mi cuello hasta tirarme al suelo; abrió la puerta y me arrastró con ella al interior de la casa. No se volvió a saber de mí.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Once semanas con un pulpo

Los invito a que durante once semanas me acompañen, a manera de serie, leyendo los relatos de misterio, ciencia ficción o terror, que publicaré en este blog. Estarán basados en la canción “Like a friend” de Pulp. Aquí les dejo los once temas: